19 may. 2009

Vivir sin paz es morir poco a poco... Vivir en el desamor es peor que vivir solo...




No hace mucho estaba hablando con alguien, una mujer, a la que quiero mucho y le contaba que en la vida casi nunca es fácil tomar decisiones: cualquier proyecto o cualquier reto, aun cuando se presenten con embalajes prometedores, implican asumir responsabilidades y aceptar riesgos. No, no suele ser sencillo… Y mucho menos lo será cuando una decisión que intuimos que nuestra supervivencia nos exige tomar conlleva un cambio radical en nuestras vidas: cuando uno corta aquella cuerda que siente que lo está ahorcando muchas veces acaba sintiendo que cae en el vacío y será muy difícil no acabar dolorido por el batacazo… Resulta contradictorio, ¿no? Pero no lo es, pues cuando esa es la única cuerda que has tenido cerca durante tiempo puedes sentir que te ahoga, sí, pero también suele ser normal que pienses que te sostiene.
¿No es verdad que si nunca nos viéramos abocados a una caída por un barranco el miedo a lo que abajo nos espera nos forzaría a agarrarnos de cualquier cosa, aunque fuera un zarzal con amenazantes e hirientes pinchos? Allí nos quedaríamos sujetos hasta la eternidad, aguantando estoicamente los dolorosos y sangrientos desgarros de nuestra piel… Allí esperaríamos sin límite que alguien nos rescatara, que alguien viniera a librarnos de nuestro dolor… Pero, ¿y si ese ángel salvador no aparece? Es más: ¿Y si la salvación radica precisamente en dejarse caer?
Hace muchos años un humorista contaba un chiste que viene a ilustrar muy bien el argumento que debe seguir:

Un hombre camina valientemente por la cima de un monte. Sus pasos se marcan muy cercanos al borde de un abismal precipicio cuando un torpe tropezón lo lanza al vacío… El hombre cae hacia una muerte segura cuando ve un arbusto que sobresale de la pared y, desesperadamente, alarga su brazo y consigue agarrarse. Allí reposa un rato, asustado por la idea de que esas débiles ramas no podrán aguantar su peso mucho tiempo… Entonces decide gritar: “¿Hay alguien?, ¿hay alguieeen?”.
Pasado un rato, y después de muchas y angustiosas llamadas, el hombre escucha como una voz, profunda y sobrenatural, le indica: “Sí, hijo mío, estoy yo. Está Dios, tu Dios… Confía en mí: déjate caer y un ejército de ángeles te recogerá en el vuelo y te llevará, te bajará suavemente y te depositará en el suelo sin que sufras ningún daño… Confía en mí: déjate caer… Abajo te espera la gloria. Abajo te aguarda tu propio paraíso…”
El hombre, aturdido, lo ha escuchado todo… No sabe que hacer y mira hacia arriba, mira hacia abajo, y vuelve a gritar: “¿Hay alguien más?”.

¿Cuántos de nosotros no hubiéramos tenido la última reacción? La caída libre hacia lo desconocido espanta a cualquiera y nunca será fácil dar ese salto que nos debe lanzar… Llegado el caso, debemos plantearnos que lo fundamental, lo que debemos valorar ineludiblemente, quizás no se halla al final del vuelo, quizás se encuentra al comienzo… A lo mejor debemos hacernos esa terrible pregunta cuya respuesta nos debería retener o empujar: ¿qué nos aterra más: lo conocido, lo que ahora mismo tenemos, o lo inexplorado, lo que puede esperarnos no solo en el camino, sino también al final? Si lo presente es aguantable y creemos que puede llegar a ser reconducible, casi seguro que daremos tiempo a la vida antes de adoptar alguna medida que lleve al cambio. Si lo que nos envuelve no nos deja respirar y ya hace mucho que tenemos claro que nunca vamos a poder darle la vuelta, entonces… entonces no debería haber otro camino…
Seguramente Dios no va a enviarnos sus ángeles, posiblemente nadie va a responder a nuestros reclamos de auxilio y será muy probable que al final de la revuelta nos espere un espantoso batacazo que nos deje aturdidos y malheridos durante un tiempo… Mas todo valdrá la pena si ese salto al vacío conlleva un vuelo hacia la libertad… Todo sanará si realmente entendemos que nuestro viaje hacia un incógnito destino significa una travesía que se dirige a la recuperación del más preciado tesoro: la vida.
En el chiste se soslaya una cuestión de pura fe: Si crees en Dios saltarás y no te pasará nada. Si dudas o no crees, el miedo te va a retener seguro… Si en nuestro paseo por la vida nos encontramos ante la disyuntiva de tener que escapar de una realidad asfixiante, también vamos a necesitar fe: deberemos creer en nosotros, en el destino… Deberemos saltar con una mochila al hombro. En el interior meteremos aquellos sueños que en la desesperación abandonamos, en el bolsillo un pensamiento: “Nada puede ser peor…”.
Vivir sin paz es morir, vivir en el desamor es peor que vivir solo. Las cadenas no impiden nunca la caída, la provocan. Si nuestra vida nos tortura, si nuestra existencia nos mata poco a poco, ¡debemos saltar!, ¡debemos huir! ¡Huyamos!

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