16 jun. 2009

Tristeza de amor y desamor: Mujer ante el espejo...





















De los recónditos hangares donde nuestras experiencias aparcan nos vienen a veces imágenes que, interrelacionando distintas vivencias, acaban desarrollando pensamientos en los que se conjuntan algunos de sus diferentes atributos para formar un concepto global. El otro día me hallaba sentado delante del televisor mirando una película de aquellas que te distraen sin más. La protagonista llenaba un argumento muy simple y previsible, de aquellos que deben costar poco dinero. Su papel era, pues, extremadamente superficial y la verdad es que poco hubiera tardado en apagar mi aburrida actividad si no es por algo que pasó, por algo que descubrí en la interpretación de aquella actriz que abrió la puerta de mi fértil imaginación. Aquella mujer reproducía un tipo de vida que me era muy familiar y no pasó mucho rato para que en mi mente se conjuraran recuerdos y emociones y empezaran a formar un retrato, una historia que desde el principio me apasionó. La recordada vida de mi madre, la aparente suerte de mi esposa, la probablemente tuya, la intuida existencia de algunas amigas y la imborrable memoria de muchas conocidas articularon sus peculiaridades y comenzaron a dar formato a un relato de ficción que con su realismo sobrecogió mi ánimo y me forzó a intentar escribirlo de la forma más respetuosa y pulcra que pude. Aquí lo tienes, sin más...


Ella salió de la ducha. Ella resurgió mojada y con la toalla fue secando, poro a poro, aquella suave y cansada piel anhelosa de deseo. Aunque ya estaba hermosa iba a empezar su lucha por fabricar aquella miel que la haría más atractiva, la que sabe despertar los sentidos del sexo opuesto. La valla que separaba la belleza que no veo de la que quiero ver debía caer y la vacía caja de la autoestima debería tapar su torpeza fabricando un nexo entre los encantos perdidos y el suero que mima con lo puesto los mantos de la lindeza. Ante el espejo se mostró desnuda y la duda invadió sus proyectos de restauración. En el asomo del viejo desgaste demasiadas curvaturas resucitaban. Que la faja que vistiera con disimulo sus aparentes gorduras devolviera los rectos trazos parecía cosa de hadas. ¿Cómo callar el bulo que su percepción difundía entre sus sensaciones echando al traste toda vanidad? ¿Cómo recuperar la hermosa verdad que en los pretendientes brazos de las canciones de su primera juventud sonaba? En su inquietud se argumentaba que la quimera que con algunas operaciones ornamentales quiso construir no invitaba a las tunas de su confianza a redescubrir las baladas que loaban sus finuras. Empezaban a pensar sus desasosiegos que cuando uno nadaba en la desesperanza los tendales de figuras prefabricadas no hacían más que resaltar las duras impresiones. Y las sugestiones de su conciencia le decían que ciegos están los que con la ciencia pretenden crear lo ya creado, lo que se nos ha dado. Pues no se venden las delicias que halagan nuestra presencia. Pues los faros que iluminan nuestra bella esencia se pagan con caricias a nuestro bienestar y si no aprendemos a contemplar con el alma las cualidades se difuminan y las miradas son disparos, y lo que vemos son verdades engañadas que no calma ni sella el más caro y raro disfraz.
Hundida en sus pensamientos ella comenzó a preparar el antifaz que debía reconstruir su torcida gracia. Inició los cimientos untándose con crema hidratante. La yema de sus húmedos dedos bailaba una elegante danza hacia la sedosa suavidad. Acariciándose cada llano, cada cavidad, con su milagrosa mano frotaba en un ir y venir que avanza por la grasienta senda que venda la aspereza con aquel fulgor que tienta la delicadeza y resalta su resplandor. En su concentrada expresión no había alegría. La preocupación por aquello que falta aturdía su mirada y lo que podía hacerse con un mecánico resaltar se producía con un trágico intento de resucitar. Más ella no pensaba en ello. Ella seguía obcecada con su invento para verse seductora y, concentrada en su tarea de no sentirse fea, no recordaba que aquel hombre que buscaba atraer ya lo tenía. Su querido marido era o debía ser su hombre y en el contrato en el que la posesión de un proyecto compartido se conjura con el querer se le aseguraba lo que en el prospecto de una boda sensiblera jura sin vergüenza un entusiasta rapsoda vestido de religión. Este era el trato y sabido es que, mientras no venza, un trato es un trato. Y aunque esté claro que un pacto no basta para certificar el porvenir, ¿no será raro quien se avenga a firmar un retracto sin que venga una insalvable calamidad? Así que, la verdad, nada debía importar y aunque en la cumbre de nuestros alientos se hubiera asentado aquella costumbre que todo lo enfada, aunque el innombrable desamor hubiera atacado los sentimientos de la pareja, entre ceja y ceja tenía que prevalecer el acomodo de los juramentos. Total, ¿acaso había algo mejor? Y, ¿hacía mal en no dar un paso comprometido cuando ella quería a su marido y sentía que él le correspondía? ¿Que no se creía amada? ¿Que el hechizo terminó y ella tampoco amaba como antes? Importaba poco o nada. Si se dio aquel cruel rizo de la vida que nos mata el amor y nos ata al querer era algo tan normal que no podía ser causa de herida. Quizás fuera una pausa y no más, un dolor pasajero a curar con un "te quiero".
Ella admiró durante un instante su hechura lechosa y decidió proseguir con su labor. Se puso una lujosa y sugestiva ropa interior aunque intuía que en su uso pasaría tan desapercibida como una copa distinguida pero vacía. Su figura empezaba a extender su exquisitez y ahora tocaba añadir algunos toques de maquillaje a su aflictiva cara para que desde todos los enfoques adquiriera su máxima brillantez. Como una pintora prepara su última composición, ella iba a pretender que con su pintoresco masaje su semblante apareciera fresco y su talante radiante reluciera como el más precioso paisaje primaveral. Hacía años que había aprendido a cometer la ejecución de este trabajoso ejercicio con sufrido oficio. Cual maquilladora profesional abrió el cajón donde guardaba sus útiles de cosmética y comenzó a ilustrar el contorno de sus ojos con los apaños que la estética de moda le obligaba a usar. "Fútiles engaños para un entorno que adora esconder los enojos con pintura", pensó, mientras polvaredas y pinceles habían empezado a envolver los daños que tras los dinteles de su poca cordura tejían las veredas de una indecisa personalidad. "Toda careta pretende ocultar alguna verdad", esa concisa oración rozó su boca como un comentario que espeta lo no pronunciado y en el altar donde pende el relicario de las reflexiones prohibidas se produjo una laguna que condujo a su actuar a interrumpir su faena y a su pensar a recordar con pena lo que debía servir la alegría: las sensaciones vividas de pequeña al observar el matrimonio de sus progenitores tallaban la leña que quemaba aquel fuego envidioso que el demonio aviva con lo recordado más hermoso. Ellos fueron los actores del amor más anhelado. En su apego una furtiva connivencia calmaba cualquier dolor y por doquier se podía percibir un extraordinario impulso que guarnecía su convivencia con guirnaldas de futuro certero. En las faldas del soberano y puro querer creció y en el diario de su memoria se podía oler la gloria, y en el diario de su memoria se había establecido hacía mucho un pulso: en una mano el ducho amar que siempre admiró y en la otra aquel estimar que tenía y que en los careos generaba el desespero. Reos somos de nuestros temores y los cobardes amores nos privan de aquellos alardes de grandeza que en los asomos de bellos romances que miman la realeza se anuncian.
Pero, ¿qué estaba pensando? Ella decidió aparcar aquellos percances de la cavilación que denuncian el malestar y retomó su acción. Firmó los matices de su parpadeo con el coloreo de sus pestañas y tapizó cada mejilla con aquel bermellón que marca las directrices de la viveza. Brilla la ilusión cuando amañas el arca de la belleza para que meza la sugestión. Pero, ¿qué estaba pensando? Toda mujer debía tener un ideal de platónico amar y eso no significaba que jamás lo fuera a realizar. Quizás la amenazaba desde las añoranzas infantiles, quizás se destacaba en el bucólico transitar de alguna pareja amiga o a lo mejor resurgía detrás de lo banal que en las lecturas pueriles abriga las esperanzas. Mas, ¿quién consigue catar el sueño que en las alburas de las ilusiones reposa? ¿Quién puede ser dueño de lo que se aleja, de lo que nos persigue pero no osa nunca alcanzarnos? ¿Debemos casarnos con las ambiciones que de lo utópico surgen? No urgen las fantasías si en ellas conspiran dolorosas fracturas de lo poseído y de las codicias que aspiran a gozosas golosinas tenemos que valorar las facturas que nuestra estabilidad deberá pagar. Y eso no puede ser un tópico. Lo que nos sucede, lo que hemos conseguido, aunque en la realidad quizás se nos presenta manco de caricias para nuestra hambrienta confianza, siempre ha de asustar a lo que nos tienta. Así, nuestro estanco corazón afianza lo que tiene y suele dejar pasar lo que del paraíso le viene. Nuestro liso componer sabe actuar en la traición a los arrebatos de la pasión. Sabe actuar y sin ninguna duda actúa. Y si no es así, ¿hay alguna mujer que se atreva a jurar que en su pensamiento no fluctúa el recuerdo de un hombre, de una presunta y preciosa alma gemela, que pudo tejer un sublime esbozo de ensueño? Su nombre, seguro, aún abreva la duda, la pregunta que no se calma, sobre si tras el muro del lerdo desdeño, si en el pozo del reviento que vela la bella muda del apuro, no se perdió aquella maravillosa trama que desde siempre soñó. En esta incógnita reside el drama de tantas mujeres y si los ujieres que guardan la puerta que preside nuestra vida repudiaran su tímida alerta y sus temerosas pesquisas y dejaran entrar aquellas brisas que conmueven los románticos anhelos, infinitos cielos resaltarían su azul con un tul cosido con bonitos cánticos y teñido con asombrosas historias.
Sus ideas giraban, cual mareantes norias, tomando como epicentro las angustias que hacía ya demasiado colmaban el vaso de su estabilidad. Muy adentro sentía como mustias rebeliones habían varado su salud mental con ligeras pero inquietantes deliberaciones que rondaban aquel paso que jamás daría. En una venal quietud esperando, en una frágil tranquilidad salpicada de pastillas para el reposo la dorada existencia de aquella dama corría millas, ágil hacia la apurada impotencia que de las plurales esperas nace. Para su esposo no pasaba nada. ¡Qué idiota es el pensar masculino cuando cree que todo enojo femenino se supera en la cama o que un portento regalado cura siempre los males y satisface su enfado! Porque quizás un antojo complace la gula de un momento, pero en la alacena que guarece nuestras resistencias será una minúscula mota de harina si las esencias de los alimentos restantes huelen a insípidos sustentos o a insana pena. Nos guste o nos disguste no trina el amor ni enaltece su ardor con consuelos ávidos de atiborrar los estantes de nuestros ahorros y experiencias con un opulento inventario. Las amantes suertes se tornan fuertes con los vuelos de la ilusión y nutren los forros del porvenir con el destapar diario de la pasión por estar unidos. Todo lo demás no es más que un invento de aquellos que, heridos por el desamor, buscan vestidos para su honor.
En un dejo del pasar aquella idea que nos zozobra ella volvió a verse en el espejo. Sus carnosos labios atendían listos: querían estar más hermosos y con la tea del reflejo rojizo encendió lo que no sobra, impregnó sus imprevistos besos con un carmín que si había de recibir un primerizo anhelo podría ofrecer un jardín de tibios embelesos. Después recogió su cabellera sin demasiado celo, pues era día de peluquería, y se dispuso a esparcir con ilimitado abuso por algunas de sus partes marcadas por sensuales premoniciones un costoso y fascinante perfume que debía oler a casuales tentaciones. Pero, en la vera del encanto acosado retomó el nervioso llanto que asume lo que no compartes con la alarmante desazón. ¿Por qué razón no hallaba la paz? ¿Por qué tanto tormento por un haz de luz que nunca la iba a iluminar? Por Dios, ¡ni que viviera en un convento! Su cruz no tenía pretexto, pues en el tratado de su vida actual el texto rebosaba prósperos flujos de bonanza. Además, si hurgaba en las galerías de su juvenil pasado, aquellas que fijan el carril a seguir de la avenida del porvenir, el concepto de marido ideal cantaba sus boleros con la añoranza de las alegrías que en los lujos se cobijan. Inepto pensar, quizás, pero debía reconocer que aquello que había pretendido llenaba hoy sus arcas. Sus deseos más primarios fueron satisfechos y si aquellos afanes complementarios que ella relacionaba con lo que ahora disfrutaba viajaban en otras barcas no debía girar la vista atrás. Los planes que dirigen los destinos escogen estrechos caminos para asegurar su pista y a menudo no era aconsejable retroceder. Su posición económica y social representaba un buen escudo y su intuición la invitaba agarrarse de aquel cable que para alguna amiga significaba una manera de vencer su irónica soledad: entrar en la aventurera liga de la infidelidad podría a lo mejor disimular su poco romántico existir con el erótico goce. Porque, ¿no es verdad que el roce con lo prohibido distrae el desengaño por lo no tenido? Ella aún no había aplicado tal apaño pero sus escrúpulos hacía mucho que habían dejado de rehusar que algún anónimo y, ¿por qué no?, ducho invitado accediera a explorar sus óvulos.
Decae el desánimo con la proyección de travesuras que quizás nunca celebras. Así, ella pudo abordar de nuevo su ocupación con el fantasear de curiosas curas que divertían su imaginación. Iba a vestirse con delicadas y preciosas hebras. Estaría bien guapa, seguro, y saldría a pasear. Hasta las cinco no salían sus amados niños del colegio y colocaría la tapa de su ocio con los guiños que las infundadas compras suelen hacer a los desesperados. Su regio vivir no era tan duro y, mientras no diera un brinco hacia las remotas sombras de los sueños, su soso vivir debería ser un negocio: en las más elevadas cotas de su avaricia iba a depositar sus empeños, iba a buscar la caricia que amasa nuestro agrado. Y ella se acabó de vestir y, con posado orgulloso, salió de casa.

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