11 nov. 2009

Amor con amor se paga: "Amada, bien querida..."

Otra nueva reedición... Esta vez no es uno de los textos más leídos pero sinceramente a mí me encanta y además plantea un tema muy actual... ¿Quizás demasiado?











FRAGMENTO DEL LIBRO "A LA LUNA, A TI, MI CIELO, Y A MIS QUERIDAS ESTRELLAS"


Dicen que el amor lo puede todo y yo me pregunto: “¿Si no lo tenemos todo es que no tenemos amor?” Claro que no tardo mucho en responderme que acabo de plantear una solemne bobería. Porque soy muy consciente de que cuando amamos y nos sentimos amados de verdad ese todo que anhelamos se reduce hasta acercarse muy mucho a lo que ya tenemos. Y somos felices y aprendemos a satisfacer todo aquello que nos puede faltar con la fuerza del cariño. Y entonces se me ocurre otra trascendental cuestión: ¿Con lo necesario para vivir, buena salud y mucho amor se puede ser feliz? Y ahora sí respondo con absoluta convicción afirmativamente. Pero, y las dudas vuelven a perturbarme, si esto es cierto, ¿por qué sigue atacándome la impresión de que en nuestro mundo actual la tristeza nos inunda los ojos de mucha, muchísima gente que parecemos tenerlo todo? ¿Será que perdimos el amor y no lo encontramos de nuevo? ¿Será que con nuestras ansias de hallarlo nos conformamos con corteses sucedáneos? ¿O será que en realidad el amor que debiera darnos la gloria es una quimera que muy pocas personas llegan a disfrutar? Muchas incógnitas rodean mis argumentos y se me hace difícil intentar exponer una razón concluyente. Aun así no vacilo en aseverar que yo sé, ahora, que ese amor no es un invento. No, no es ningún mito y yo estoy comprobando, aun cojo de tu correspondencia, de lo que puede llegar a ser capaz... Y vuelvo a escribir con más seguridad que sí, que el amor puede poderlo todo... Podría incluso... Y entonces se me ocurre. Y vuelvo a empezar. Vuelvo a juguetear con las palabras para desarrollar un fantástico pensamiento que cruzó por un momento mi mente y la iluminó...


La luna gira por el horizonte. Ella la mira. Desde la playa o desde la cima de un monte, ¿qué más da? Ella admira la aya de su dormida espera, mima su roncera despedida y en el roce de una brisa acuna una sonrisa. Un feliz esboce redondea su delicia pues nada vicia los colores que en su cara cada mañana se matizan. En los albores del día el astro rey realza el barniz que en la ara de la sana hermosura se pasea y las carencias se suavizan. Ella ensalza su lindura y examina el rastro que la serena ley de los mortales que la han amado y aman va dejando.
Con tales amores todo ha merecido y merece la pena. Llaman sus evocaciones con el dorado timbre que afina y embellece las entradas con honores y en su memoria la gloria se emplaza cantando armónicas tonadas. Quizás en ocasiones se haya partido el mimbre que entrelaza el cesto siempre medio lleno del bienestar, mas en el lindar de las crónicas nada revienta el contento. Su gesto debe ser agradecido: su aliento se presenta con el más puro hálito y en su seno bebe aquella mansa felicidad que ahuyenta al tedio. Su ego descansa sereno y en el oscuro rincón donde la verdad resume sus experiencias brilla la ilusión, aquella ilusión que con su riego nos alcanza el hábito de entregarse a la esperanza. Porque ella presume y jura con el pleno convencimiento que las impaciencias suprime, que la arcilla que mixtura el cimiento, que imprime la buenaventura, acostumbra a sacarse de aquellas canteras donde el tenaz amor encumbra a la apacible paz.
Así, es perfectamente deducible que en la vereda de su presente no hay timos ni esperas. Y es que ella se siente muy amada y paga la veda del dolor con los mimos que recibe, y percibe su retrato con la apreciada impresión que halaga nuestra moral. Con su trato bondadoso muchos la amaron, con respetuoso modo muchos más la aman y con vocación sin rival, seguro, aun muchos más la amarán. Trovadores cantarán algún día, por los que callaron, unas baladas que aclamen la casta de los amores desprendidos, unas romanzas que proclamen con entusiasta melodía y aturdidos sones el asesinato de millones de penalidades, acabadas con lanzas dulcemente envenenadas, fallecidas sin más heridas que la marca de un beso o la bella huella de una caricia. En su alegato el peso de un grandioso presente rellena el arca de la codicia con mares de respeto, con montañas de cuidados, con ríos de admiración y con plena fidelidad. Sin acoso ni artimañas, sin particulares inventos ni artificiales bríos. En la realidad ni siquiera se programó como un reto. Sucedió como en los cuentos y no puede aceptarse otra versión. Y aquel que quiera saber más de tales prodigios deberá preguntarse si alguna vez amó o si alguna vez fue amado. Y si no encuentra respuesta tampoco encontrará vestigios para tan delicado comprender. Jamás irrumpió ni entra por el portón del vacío el conocimiento y anda con tiento por la cuesta que lleva al cielo un loco sin corazón. Traduce el amor su poderío y lo manda sólo a aquellos nominados que pueden y saben amar. Y ella se siente adoptada por el azar. En el vuelo de las aves luce su suerte. En la pisada de las naves en la mar y en el fuerte vigor de los tornados que revuelven cada hacienda se esconde la prenda que hay que pagar. Con los colores del verde y con los olores que el viento traslada responde el fiador a la entrega con mercancías. Con inocentes encías muerde el bebé el pecho que lo alimenta. Con los dientes por nacer riega su gana sin tiento pero con su delicada mirada nos cuenta con ufana coartada que lo hecho no atenta contra la renta de su cariño, sino que más bien la origina. En la novicia rutina de un niño, en su salvaje pero pura ternura, hallaríamos muchísimos modelos de como podrían ser aquellos amores que acaricia el más amado sueño...
Era su repaso del pasado dueño de sus pensamientos y en el paisaje que dibujaba los albores de su creación poquísimos duelos surgirían de la comparación, pues escaso de serios enterramientos iba a surgir su actual sentir. Tal sensación bañaba su cognición y la limpiaba de penurias desde hacía incontables años. Quizás milenios, quizás centurias. Eran baños afables, baños que la hacían sentirse mimada, baños que la hacían sentirse muy amada. Amada... ¿existe palabra que vierta más sentidos en la tina de la polisemia? ¿Existe una clave que abra mejor la puerta de la felicidad femenina? Nada premia con más distinguidos agasajos a la quebradiza estabilidad mujeril... Amada, bien querida... Quien esto sabe y con fajos de honesto amor atiza su varonil proceder verá colmada su vida en pareja. Sabios y galantes al comprender esta evidencia fueron y eran sus amantes y con la teja del querer cubrían sus deseos. De sus labios fluía esta querencia y con tiernos besos entretenían sus paseos, y con sanos embelesos atendían sus muchos retoños. Y así pasaban inviernos y veranos, otoños y primaveras, y en la recogida de cada cosecha todas las esperas se tornaban optimistas, y en el sumario de cada fecha el glosario retrataba hermosas y pretendidas vistas. Pues ella era agradecida y obraba también con exquisita pasión, atendiendo cada visita con cariñosas bienvenidas, protegiendo cada cita con la fortaleza de su corazón. Ella regalaba su rica y preciosa naturaleza. En la plica que encerraba la costosa cuenta, costeada por los que la poseían, no figuraba ninguna venta, tan solo una relación de deberes que todos y cada uno de los seres que luchaban por ella debían asumir con inefable tesón: amarla, respetarla, mimarla y admirarla, cuidarla y protegerla... Aquel que con tan amable obligación cumpliera no debiera más dudar: ella, la Tierra, se lo iba a recompensar.

Y es que el amor con amor se paga. Y cuando este es verdadero y se cuida con esmero, los huracanes traen nuevas esencias y las tempestades riegan las carencias para fortalecer aquellas realidades que unen, aquellos afanes que no se pliegan ante nada. Parece lógico y es sencillo, ¿por qué, pues, esta historia huele a utópico cuento? ¿Por qué debemos dar brillo a la imaginación cuando simplemente amando podríamos descubrir aquella gloria que todo lo arregla? ¿Por qué...?

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