23 ene. 2010

El rio de la vida. Fragmentos de la novela "En la Tierra de nunca Quizás. La Nación de Goig"




Fragmento 4


Teresa levantó la vista y miró al cielo. Una luna casi llena lucía su resplandor rodeada de un sinfín de estrellas que chispeaban el recuerdo de su existencia, o no, en la distancia infinita hasta una mirada asombrada… ¿Cuánto hacía que no contemplaba un cielo tan poblado? Un convoy de nubecitas trasladó su vuelo en dirección a la luna hasta atraparla. En su paso por delante Teresa descubrió como la luz abría una ventana en el blanco para ganar transparencia y poder seguir ofreciéndose… ¿Siempre era así? ¿Siempre fue así? ¿Cómo nunca antes se había fijado?

Metida en sus meditaciones la vio pasar: una estrella fugaz cruzó el cielo marcando un trazo hermoso que siempre… Teresa se sonrió… Uf, que siempre había activado en ella un deseo… Pero esta vez, esta vez pasó sin más… sin más que el disfrute de la visión de una migración estelar divina… El automatismo no se dio, no hubo deseo… ¿Cómo…? ¿Y pues? ¿Qué estaba ocurriendo?

Necesitaba pensar, pero no de una forma usual, precisaba, ¿cómo lo expresaría?, pensarse… Uy, ¿sonaba mal? ¡Qué va! Sonaba muy apetecible… Teresa salió del camino y entró en…, parecía una pequeña playa… Dios, de arena blanca… ¡Qué cosas! Ya tumbada en la arena, con el cuerpo ladeado y con una mano cerrada soportando la cabeza en su mejilla, miró fijamente al río. El arenal se había formado en frente de una pequeña entrada de las aguas allá, en la tierra, como un patio externo al cauce, al caudal circulante. La paz de esas aguas olvidadas era hermosa, sí, pero a la vez triste. Se habían convertido en un cultivo de vida tranquila, verdecida y rica en la quietud, pero Teresa estaba convencida que de poder tener opción gota a gota regresarían a esa gran aventura que dejaron atrás. Regresarían, regresaría, … ¿regresaba? Eso era: ¡regresaba!

El agua del río bajaba lenta pero sin tregua. En su marcha encontraba escollos puntuales que bordeaba o absorbía sin detenerse. Espumeantes dibujos en relieve marcaban allá donde los giros imprevistos de aguas las conducían al choque, probablemente al encuentro. Aquí y allá aparecían señales de vida o movimiento sumergido en forma de ondas concéntricas que se ensanchaban hasta desaparecer. De vez en cuando un salto, casi siempre donde nadie mira, de un pez buscando provisiones.

Fue precisamente la caída chapoteada de un rebote hambriento lo que hizo que Teresa aguzara el oído. Como una nana delicada el son de las aguas transportándose susurraba calma, suspiraba paz. Esa música extremadamente apaciguadora se hacía acompañar en la tierra con esporádicos murmullos de pájaros trasnochadores, uhu, uhu, con rítmicos compases espontáneos de algún grillo enamorado, cric, cric, cric, cric, con… Increíblemente la tonada brotaba de su interior… Teresa cerró de nuevo los ojos e intentó escucharse: su respiración era calmosa y a la vez rebosaba excitación, su corazón,… ¿Realmente podía escucharlo? No, pero sabía, intuía como sonaba: en su bombeo iba algo más que sangre… ¡Qué curioso pensamiento! ¿A dónde pretendía guiarla? Su cuerpo y su mente habían sido durante tanto tiempo coguionistas del transcurrir de su vida… Le costaba recordar un acto no premeditado, un paso no necesitado, un… ¿Cuántas veces se había sorprendido a sí misma haciendo algo inusitado?

Teresa giró la cabeza hacia un lado y otro intentando escudriñar causa y efecto, de donde y hacia donde… Un poco más arriba el paisaje fluvial visible se enmarcaba en un salto de agua que el relieve regalaba a las aguas para ofrecerlas renovada fuerza. Curiosamente en la caída el río había ensanchado sus márgenes para crear un precioso descanso, un pequeño lago, una piscina natural que limitaba arriba con su particular fuente y abajo con un estrechamiento que agrupaba caudales para potenciar su renovada carrera… Era un lapsus en el camino, un paréntesis a la vez hermoso y necesario en la vida fluvial, un “de donde vengo” muy incompleto pero a la vez muy generoso… ¿Y en la otra dirección? ¿Hacia donde iba? Tampoco para allá se mostraba más que un trecho en el camino: a unos 50 metros se producía un giro, una curvatura a la derecha que parecía entrar en la boca de una considerable arboleda para perderse entre troncos y hojas. Se podía intuir… No, se podía saber el final marinero del viaje, pero ni el mismo río conocía todo aquello que podía encontrar en su travesía.

Teresa recordó cuan variable es la naturaleza… Imprevisiblemente maravillosa… La historia del río se reescribía a cada instante, nada era ni podía nunca ser igual. En cada palmo de recorrido, incluso en cada gota de fluido se dibujaba una aventura interminable y siempre única. Una lluvia débil o torrencial, el cambiante paso de un viento o vientecillo, un tronco caído, un canto rebotando lanzado por un niño, una simple hoja… El efecto mariposa, ¡que concepto tan apasionante!

En una sonrisa Teresa ocultó todo aquello que, sin saber aun como ni porque, se estaba revelando en sus cavilaciones. Luego volvió su mirada hacia el estanque que se abría en frente suyo: quietud, ligeramente alterable pero comparativamente con todo aquello que acababa de contemplar la primera palabra que le vino a la cabeza era esa… Quietud, mas, contradictoriamente, inquietud… ¡Qué chocante percepción! En ese bálsamo de vida apaciguada no respiraba paz… Teresa percibía angustia. Allí, donde todo era más previsible, donde el agua parecía reposar, donde… Teresa se estremeció, en su pensamiento se introdujo una idea que la hizo temblar de pies a cabeza: en aquellas aguas estancadas casi todo habitaba dentro de lo establecido, era como un acomodado y a la vez conformista ecosistema donde distintos organismos desarrollaban un papel limitado a la vez a las posibilidades y a las exigencias pautados por el medio, la mitad de las veces, y por los seres considerados o establecidos como más poderosos, en otras tantas ocasiones.

Teresa se puso las manos en la cabeza. Dios, allí estaba su vida… Su vida y la de tantos… En el río, en el estanque… ¡Regresaba! ¡Por fin comprendía! La vida era como un río. En un manantial de energía nace nuestra existencia y con el flujo del crecer desarrollamos nuestra infancia entre el libre y excitante curso y las represas que el mundo adulto nos quiere mostrar. En nuestra niñez probamos la vida en su máximo esplendor pero la mayoría de personas terminamos rindiéndonos a las pautas convencionales, a aquellos costumbristas e impuestos mandamientos que se forjan en las culturas, en los grupos y subgrupos, en las sociedades “civilizadas”.

-“Me civilizaron” -pensó Teresa- “Desde pequeña me condujeron hacia lo establecido, hacia la “quietud” convencional. Mis rebeldes impulsos de adolescente no sirvieron de nada, mis ansias soñadoras de juventud sucumbieron ante el ímpetu social… Y terminé, ¿cómo no?, en una laguna preformateada y regentada por otros, protegida del río y su salvaje transcurrir, preservada de la irracional vida…”


Fragmento 5


Hay un precepto que sí compartimos todos: la vida que nos toca vivir aquí no puede ser tomada como un simple paso. Aunque sea una partícula, una minúscula célula en la inmensidad del océano del tiempo, cada vida tiene un valor trascendente y, por supuesto, muy valioso. Nuestro caminar por la vida no sólo deja huellas allá donde habitamos o viajamos. Si sabemos caminar descalzos por las incontables sendas que el amor ofrece sabremos dejar tantos surcos que nada ni nadie podrá ya seguir navegando sin tenernos presentes. Imperecederos, eternos, perpetuos, perennes… Una vida bien labrada, cultivada y regada nos planta con raíces muy profundas en la tierra, en las cosas y en las personas que tuvieron la suerte de disfrutarnos. Nos clavamos en el recuerdo, en la forma de ser, de reír, de llorar, de pensar, de amar, de cantar, de soñar de tantas personas. Y nos perpetuamos, si supimos vivir cerca de ella, en la naturaleza: en el río que bañó nuestros pies, en el mar que inundó nuestros juegos, en la hierba que no pisamos y en la que sí, en la flor que respetamos y en la que nos impregnó de su olor, en la brisa que rozó nuestra piel para robar nuestra fragancia, en… tantas cosas.


Fragmento 6


Las playas de Goig son de arena cristalina, blanca y dorada cual corona de la reina ola. Visitantes de todo el país acuden cada día para bañarse. Nadie pretende tomar el sol, nadie… No osaríamos tomar prestado nada más. Con su luz, su calor y la vida regalada día a día ya basta… Ya sobra… En la orilla del mar se agrupan familias jugando con el vaivén de las olas… Remojando su niñez, humedeciendo su alegría se preparan para un baño siempre revitalizador. Decimos aquí que cuando la sal y el agua acarician tu piel los poros se abren y dejan paso al camino que enlaza cuerpo y corazón, materia y alma… ¡La sal de la vida! ¿Cómo no?

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