28 oct. 2010

Amor y confianza: ¿verdad o mentira?

REPOSICIÓN post julio 2008

Fragmento del libro "A la luna, a ti, mi cielo, y a mis queridas estrellas"... Amor y confianza: ¿verdad o mentira?
 

Placido domingo & john denver - perhaps love by Prosomnis




Hace días que estoy aplazando un tema en ese, mi diálogo con la vida y el amor, que me resulta extremadamente difícil de tomar. Hoy me voy a decidir y me encaminaré con las palabras por una senda que se me presenta minada por los recuerdos y vallada por la necesidad de evitar contar precisamente lo que voy a defender: la verdad. Con eso no quiero decir que vaya a lanzar al agua del papel mis argumentos protegidos con salvavidas y disfrazados para enturbiar su claridad, simplemente aviso de que el mal uso de la verdad me ha hecho mucho daño en mi ya larga vida y anuncio que voy a evitar hacer referencias claras sobre las implicaciones que el tema tiene en mis relaciones con personas concretas.
Dicen que la verdad, aunque sea una, a menudo puede tener varias caras. Estoy de acuerdo: si yo te cuento que tu abrigo tiene una mancha y tu lo constatas la certeza de lo dicho será irrevocable, pero si yo te cuento que no me hablo con alguien por tal y cual motivo, harás muy bien en escuchar la versión del otro si quieres hacerte una idea aproximada de lo que ha pasado realmente, una idea que muy probablemente se acercará más a un caos mentalmente incomprensible que a otra cosa. La verdad suele ser relativa en demasiadas cuestiones no perfectamente constatables y esa cualidad la convierte en una arma de fácil manipulación y a veces muy dañino disparo. Así, ¿podríamos decir que una verdad mal contada puede llegar a ser peor que una mentira? Yo creo que sí, simplemente porque su falsedad suele ser menos fácil de detectar.
Una cuestión delicada de preguntarse sería: Si la verdad puede tener varias caras, ¿cuántos rostros puede presentar la mentira? Imposible de calcular, ¿verdad? No sé si fue nuestra sociedad, u otras anteriores, la autora de esa romántica falacia: “Se coge antes a un mentiroso que a un cojo”. Convengo en que esa sentencia puede ser verdadera cuando nos encontramos ante una monumental mentira, pero los que llevamos años bregando en ese mundo tan traicionero que nos ha tocado sabemos que hay muchos astutos embusteros, ingeniosos patrañeros y retorcidos boleros que podrían editar una enciclopedia de cómo engañar al más listo, de cómo disfrazar una farsa a conveniencia hasta que parezca una verdad irrevocable. No, desgraciadamente los cogidos, los pillados por el toro de la condena, acaban siendo más las víctimas de los patrañeros que no los propios mentirosos.
Si un día mis hijos me preguntan donde se encuentra la nobleza no dudaré en decirles que en la sinceridad, en la transmisión y la búsqueda de la verdad. Si me preguntan donde hay mayores provechos y beneficios, ¿qué debo responder? ¿Entenderán ellos que la honestidad puede ser por sí misma un provecho? ¿Comprenderán que de la cuidada ética y la irreprochable conciencia se pueden obtener beneficios? ¿Les estaré respondiendo de esa manera con la verdad? No, la mentira es más provechosa en muchos más campos y puede llegar a ofrecer muchos más y más variados beneficios que la verdad. En la era de la hipocresía, ¿se puede afirmar otra cosa? Mintiendo uno puede conseguir poder, bienes materiales y prestigio. Adulterando la verdad uno puede limpiarse de toda culpa o responsabilidad, ganarse el aprecio de los demás, o la pena, o incluso la admiración, si se prefiere.
¿Y entonces? ¿Como podemos vender la necesidad de apostar por la verdad si somos conscientes que ello implica enfilar un camino mucho más abocado a los riesgos? ¿Qué por qué digo eso? Venga, si está muy claro: si quieres luchar contra una mentira con unas mínimas garantías de vencer usa la imaginación e inventa otra mentira, cuanto más exagerada mejor. Porque con la verdad puedes entrar en combate, sí, e incluso puedes ganar el pleito, pero si al final lo consigues no dudes que tu triunfo será apelado por la parte contraria alegando juego sucio, falsedad en las pruebas o cualquier otra argucia. Y es que, mientras la verdad lo único que pretende es mantener el campo donde se retratan los hechos o las relaciones limpio y claro, la mentira se dedica a sembrar dudas, a manipular los útiles y a contaminar cualquier semilla de razón. Y así, ¿a ver quien es el guapo que consigue un campo neto y florecido?
Si alguien que te quiere mal o que está resentido contigo empieza a contar que te han pillado con una señora saliendo de un meublée, que te despedías con un beso apasionado y que parece ser que no es la primera vez… ¿Cómo diablos te defiendes? Jurarás que es una invención, dirás que siempre has sido fiel a tu mujer, que puedes demostrar que aquel día estabas en otra ciudad,… Muy difícilmente conseguirás limpiarte. La verdad estará manchada y aunque tus argumentos puedan ser fundados y demostrables siempre quedará una sombra. Conseguirás como mucho sembrar la duda sobre la mentira, una duda que quedará fluctuando entre lo cierto y lo incierto. Pues, ¿que dicen siempre las malas lenguas? “Cuando el río suena, agua lleva…” Y tu ya puede alegar, una y mil veces: “Pero uno es inocente hasta que no se demuestre lo contrario…” ¿Para qué? Para casi nada servirá, ya que, “si el río ha sonado…”
Hay algo en el mentiroso compulsivo que quizás sí que podríamos utilizar en su contra. Podríamos contar a nuestros hijos el cuento de aquel pastor que mintió varias veces anunciando el ataque del lobo, consiguiendo movilizar a todo un pueblo para luego reírse. El día que el lobo apareció de verdad nadie, nadie, acudió a sus demandas de socorro… He podido constatar que aquel o aquella que se acostumbra a sacar provecho de las mentiras acaba viciándose tanto que suele traspasar el límite de lo prudente. Empiezan mintiendo sobre cuestiones realmente importantes y terminan mintiendo sobre cualquier cosa, a veces sobre verdaderas tonterías que no precisarían de ningún apaño. Y allí sí, allí les acaba pillando la gente de su entorno más próximo y les paga con algo que no siempre el mentiroso acaba captando: la incredulidad ante todo lo que dice, el poner entre comillas cualquier información que no haya sido comprobada personalmente…
-Que la casa me costó tanto…
-¿Sí?- mientras piensan: “Ya será menos…”
-Pues el otro día en la calle me pararon para decirme lo guapa que estaba…
-Que bien, ¿no? – y mentalmente aducen: “Como no haya sido tu abuelo…”
-Me echaron del trabajo porque me tenían envidia…
-Pobrecita, ¡que mala leche! - … “¡Anda ya! Que alguna gorda debías montar…”
Entiendo que puede sonar hasta divertido, pero en verdad es más bien triste, pues que dejen de confiar en ti, en lo que dices, tus conocidos o amigos puede ser soportable, pero, ¿que pasa si tu pareja descubre ese juego e intenta convivir con él, o procura convencerte para que dejes de hacerlo? La respuesta a lo primero es evidente: no será fácil mantener el amor por alguien que te obliga a desconfiar… Lo segundo quizás pueda parecer factible, pero mucho me temo que más bien será una misión imposible: para convencer a alguien que acostumbra a mentir de la necesidad de aflojar primero has de conseguir que acepte su problema, que admita que es un mentiroso. Dicho así no parece fácil, ¿verdad?
Hablamos del mentiroso compulsivo, pero mucho de lo dicho puede ser aplicable a cualquiera que utilice la bola como un recurso para salir de un problema, sea con más o menos constancia: si alguien te atrapa in fraganti en una soberbia mentira se produce inmediatamente una reacción en cadena que puede derrumbar en un momento toda la credibilidad que te hayas ganado: descubriendo que puedes ser falso la gente adquiere el derecho a dudar de todo lo que anteriormente hayas dicho y de todo lo que en un futuro puedas aducir.
No, no será fácil conseguir que nuestros hijos entiendan cual debe ser el proceder correcto. Desde muy pequeños sentirán la necesidad de excusarse, de defender a toda costa su inocencia, aunque sean culpables, de conseguir aquello que anhelan como sea,… “Yo no he sido”; “Lo he hecho porqué me ha dicho Juan que lo haga”, “Papá me ha dado permiso para salir”;… ¿Te suenan? Ante esa innata necesidad los padres debemos predicar con el ejemplo siempre, aunque a veces pueda ser más costoso que montar una inocente farsa. A menudo me sorprendo de la capacidad de algunos adultos para engañar a sus hijos con la estúpida excusa de que así se sentirán mejor: “No, cariño, mamá no se va al cine con papá, solo bajo a tirar la basura” (y la mamá no vuelve hasta la madrugada…); “No, hoy no podemos ir al parque porqué hay una rata enorme y la tienen que cazar…” (y la verdad es que hoy no tenemos tiempo…);…
Más predicar con el ejemplo no significa tener la obligación de responder a todas las preguntas, de contar siempre la verdad. Debemos entender que puede haber mentiras mágicamente necesarias (los Reyes Magos no son papá y mamá…) y falsedades emocionalmente convenientes (la abuela se murió y ahora está en el cielo y desde una estrella te va a…). También debemos integrar la obligación de discernir en cada momento lo que puede ser asumible para un niño y lo que no está preparado para digerir. Y debemos mostrarles que toda persona, aunque te ame con locura, debe guardar un espacio para su intimidad. Así, ¿no será mejor para la educación de los hijos argüir que no podemos contestar, o que no queremos, que salir por la tangente con alguna trola de fácil invención?
Bueno, bueno, ¡bueno! ¡Lo hice! En el tintero dejé muchas cosas pero creo que conseguí transmitir un poco aquello que tanto ansiaba comunicar: En el mundo, en la vida y en el amor las mentiras no deberían tener lugar. Ser honestos y sinceros no siempre será fácil, no siempre será lo más productivo a un corto plazo, pero a la larga es la única forma de mantener nuestras relaciones limpias y confiadas, a la larga nos evitaremos algo que puede llegar a ser terrible: que nuestra vida acabe asentándose en aquello que producimos o que nos quieren ofrecer, en una grandísima e insostenible mentira…

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