12 may. 2009

Amor eterno... El amor implica lucha...





Hay algo que estoy aprendiendo con todo lo que está ocurriendo y que, seguro, no voy a olvidar ya jamás. Hundido en un desamor que no pedí y que tanto me cuesta aceptar y perdido en un enamoramiento que de ninguna forma puedo desarrollar y que tanto intenté rechazar voy comprendiendo una realidad que, me guste o no, la vida ha querido enseñarme: el amor no se puede contratar ni, mucho menos, asegurar. Nuestro corazón o, si prefieres, nuestra capacidad para establecer quereres admite durante toda nuestra vida muchas y diversas entradas y salidas. Pero no seremos nosotros quienes decidamos el donde y el como de cada bienvenida y de cada despedida. Tampoco seremos nosotros directamente los que podamos controlar las diferentes transformaciones que cada fuente sentimental sufre. Las circunstancias de la vida, nuestra propia evolución y la de los seres amados condicionarán en gran manera aquello que nos pueda pasar, pero estoy convencido de que hay alguna cosa más. Como romántico que soy debería hablar otra vez del corazón y si fuera un poquito más espiritual mencionaría el alma, pero la verdad es que no sé bien lo que es. En nuestro interior, en nuestra esencia o quizás en nuestra personalidad, en nuestra suerte y un poco en nuestro sino... en todos ellos o en alguno, en cada uno o en ninguno se halla esa fuerza misteriosa que acaba dominando el maravilloso campo sentimental donde se siembran nuestros cariñosos alimentos. Y es ese un campo que podemos trabajar, regar y proteger mucho, poco o nada, pero hagamos lo que hagamos nunca tendremos la garantía absoluta de que las diferentes cosechas que esperamos sean tan benignas y duraderas como quisiéramos. En nuestro paseo podremos intentar sembrar plantas, plantitas y árboles, pero siempre deberemos saber que la tierra no es exclusivamente nuestra y que algún día, en algún recóndito rincón de nuestro querido paraje puede germinar un amor no pretendido. Y de la misma manera debemos entender que las raíces de nuestros pequeños y grandes amores, por muy fuertes que nos parezcan y por mucho que pensemos haberlas cuidado, pueden también un día optar por debilitarse y alejarse de nuestro amado prado. Y si nunca nos pasa esto ya podemos enseñar contratos, ya podemos mostrar papeles y argumentar que con el marchito adiós de un querer se pueden resentir otros. No servirá de nada. Porque cuando nuestra incomprensible fuente de los amores decide sin remisión que hay uno que no se puede mantener luchar contra ella resultara tarea vana. Servirá, sí, pero solo para destrozarnos interiormente en el intento de reedificar lo imposible.
Con todo esto no quiero afirmar que debamos rendirnos porque ya todo está decidido. Tú sabes, y más si has leído todo lo escrito hasta ahora, que soy un hombre que cree que hay que luchar por los sueños y, ¿no es el amor uno de los más bellos sueños que podemos alcanzar? Mas esa lucha no debe darse por concluida con la satisfacción de haber conseguido amar y ser amado. Cuando piensas haber encontrado la pareja definitiva y empiezas a proyectar y a desarrollar una familia para tu anhelada eternidad descubres que la vida no te deja hacerlo fácilmente. Y es entonces cuando, si de verdad eres un poco ambicioso, debes procurar enfrentarte a esta para mantener, e incluso enriquecer, aquello que posees y que, mientras dura, te otorga una buena parte de la armonía imprescindible para vivir en equilibrio. Debes pleitear, así, con todas y cada una de las trabas que la supervivencia actual te presentará y sólo así conseguirás, tanto en los triunfos como en las derrotas, fortalecer ese amor el máximo tiempo posible. Y ese litigio no es cosa de uno, es cosa de dos: hombre y mujer deben implicarse en la totalidad de disputas que la vida en pareja y la familiar conllevan y deben hacerlo, aunque en el resultado las posibilidades de cada uno impliquen niveles de contienda diferentes, con el máximo de esfuerzo en las dos partes y a la vez abarcando ambos cuantos más ámbitos mejor. Porque en el amor, como en muchas otras cosas, el acomodo por creer que ya está todo conseguido conduce más a perder que a mantener. Como tampoco sirve el traspaso de responsabilidades: él ya se ocupa de todo, ella lo hace mucho mejor...; ni puede ser válido el eterno reparto de tareas importantes: tú ganas el dinero y yo me ocupo de los niños. Y es que el amor no es estúpido y, consciente de su inmensa valía, nos exige un pago diario para la manutención de su pureza. Así, hombre y mujer debemos asumir plenamente los dos principales roles que el querer que nos une nos ofrece: amador, amado, amadora y amada. Porque todos sabemos que resulta muy fácil recrearse en el recibo e ir olvidando el deber de dar y yo afirmo que aquellos que en el egoísmo se satisfacen sin querer satisfacer van segando poco a poco el amor hasta llevarlo irremediablemente a su destrucción. Esta condición, por sí misma, ya conlleva un reto difícil de alcanzar, pero nuestra factura comporta muchos otros requisitos y acaba siendo tan larga y complicada de liquidar que muy pocas parejas consiguen llegar al final de su vida habiendo mantenido encendida la misma flama que surgió en el origen de su amor. A lo largo de mis escritos ya acabados, y seguramente en el transcurso de los que vendrán, he ido e iré apuntando un sinfín de estos requerimientos. Podría ahora intentar hacer un listado pero pienso que no debo. No debo porque sería muy pretencioso, no lo haré porque considero que no se puede enumerar aquello que en su amplitud y en su relatividad nos aleja de sus límites y no puedo porque queda muy lejos de mis intenciones hacer un manual sobre aquello que en su descubrimiento tiene que resultar maravilloso. Y en el no deber suspiro. Suspiro porque en tu realidad matrimonial estés dibujando ese privilegiado camino que te conducirá a la gloria, suspiro porque la fuerza de vuestro corazón, el tuyo y el de tu hombre, se impregne de aquellos atributos que caracterizan a aquellos amores imperecederos... suspiro para que el destierro de mi querer pague su tristeza con tu felicidad...


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