18 may. 2009

Un corazón bravo no es el que más da... Es el que más comparte...



Me gustaría que existiera un diccionario que recogiera todas aquellas palabras que van definiendo las distintas condiciones que en las relaciones humanas se van produciendo. Si me dejaran, intentaría establecer una clasificación en la cual se ordenara todo según el carácter más o menos positivo o negativo que conlleva. Seguramente la relatividad de cada acción o reacción, de cada sentimiento y emoción me complicaría la tarea en muchísimos casos, pero hay un mote que últimamente me molesta sobremanera escuchar y que ahora mismo no dudaría en condenar: “expectativa”. Entiendo que te puede parecer un poco exagerado que haya escogido ese término que en teoría parece más bien inocente, pero te aseguro que cada vez que intento analizar lo que ha sido mi vida, cosa que como puedes comprender en los últimos tiempos hago bastante, mi alergia hacia ese vocablo va en aumento… Sí, ya sé, no es lo mismo el concepto puro que de un significado se deriva que la aplicación que acaba teniendo… Lo más probable: terminaré penando algo más por lo que para mí ha representado que por lo que en verdad debería implicar. Puede ser, pero en mi percepción ese mal uso acaba maltratando a bastante más gente, ¡a muchas personas y personitas!
Lo curioso es que no pueda decir “a todas…” ¿Por qué? Sencillamente porque coincidirás conmigo en que hay una tipología de humano del cual nadie suele esperar casi nada, por no decir nada en absoluto. ¿O sí? Claro que dicen que la esperanza es lo último que se pierde y cuando la vida nos obliga a mantener relación con alguien que concuerda con ese tipo de persona, que suele ser alguien extremadamente egocentrista, alguien incapaz de ver nada a través de otro cristal que no sea el que mejor ilumina su ego y alimenta su ambición, alguien que incluso es capaz de transformar los cánones morales para adaptar sus actos a sus intereses… entonces llegamos a ser tan imbéciles que a la más mínima cosa que nos parezca que hace bien podemos llegar a aplaudirlo y alabarlo… Y le damos de comer. Alimentamos sin querer su malvada personalidad… Ilógico, ¿no? Supongo que en el fondo podríamos hacer la comparación con lo que nos podría suponer la relación con un león más o menos domesticado: lo normal es que nos gruña, que incluso nos arañe o pretenda morder, que se enfurezca sino tiene lo que necesita a tiempo… Es lo normal y así lo aceptamos. ¿Y qué pasa si un día se acerca y, fregando su lomo contra nuestras piernas, nos lame? ¿Verdad que muchos acabaríamos pronunciando las palabras mágicas que el “animal” pretende”? “Lindo gatito…”
Me vas siguiendo, ¿no? Pues ahora toca cambiar de animal… ¿Que pasaría si un día a nuestro amado, cariñoso y bien educado perro se le ocurre pedirnos de forma amistosa, pero irritantemente repetida, su comida cuando estamos metidos de lleno en lo más apasionante de una película que dan por la tele? ¿No le gritaríamos muchos un rotundo “basta”? ¿Quizás lo invitaríamos a no molestar y si insistiera lo encerraríamos?
Así funciona también con las personas, ¿no crees? Al que más da más se le exige, al que intenta desesperadamente ser bueno no suele perdonársele ni el más ligero desliz… ¿Por qué? Simplemente porque en su normalidad entra el deseo de satisfacernos siempre y eso nos crea unas expectativas que parece que obligatoriamente deben ser positivas. Y entonces, cuando recibimos algo inesperado, ¡decepción al canto! ¡Castigado! “¡De ti no me esperaba eso!” ¿En ese deseo de contentarnos radica su culpa? Seguramente sí, pues acabamos integrándolo entre otras cosas como a un servidor de nuestros aguardos y no podemos tolerar la más mínima falta.
Estamos rodeados de “perros” y “leones”, a los primeros poco les agradecemos y solemos utilizarlos a nuestra voluntad, de los segundos nada esperamos y a la más mínima les rendimos pleitesía… Si yo fuera niño, ¿qué preferiría ser de adulto?
Pero yo ya fui niño… Fui niño y de muy pequeño ya decía que mis animales preferidos eran el perro y el delfín… Cómo se parecen, ¿verdad? Fui niño y luego crecí y, sin saber cómo, sin saber por qué, integré en mí una necesidad extrema de agradar, de buscar mi felicidad intentando alimentar la de mis seres queridos. Integré la obligación de ser bueno, de luchar constantemente por mantener una conciencia limpia, de dar sin esperar recibir forzosamente nada a cambio, de no pretender nunca ser el centro de nada ni de nadie… Integré en mí la tipología del “perro” y ahora no sabes cuánto desearía descatalogarme…
Sigo inclinándome por el perro y el delfín como animales fantásticos, seguiré toda la vida creyendo que en esta es mejor intentar ser un dócil can que un agresivo felino, pero poco a poco voy entendiendo que entremedio, como suele ocurrir, está el punto correcto. Voy comprendiendo que la fuente de las expectativas que los demás ponen en mí no nace de lo que ellos esperan que haga o dé, surge o debe surgir de lo que yo estoy dispuesto o necesito hacer o dar. El amor no te obliga a renunciar a ti, el amor no debe certificarse continuamente con las acciones que supones que de ti se esperan. Poner a los demás en el centro de tus intereses está bien, pero en ese centro nunca debemos olvidar que hay un hueco para uno mismo. El amor no obliga, el amor se limita a cursar una invitación, un preciado y hermoso convite a compartir algo maravilloso…
Un mundo construido para los poderosos, una sociedad que tiende a asfaltarse con el egoísmo la bondad demasiado a menudo confunde. Hay que seguir intentando ser buenos, pero también hay que entender que el cuidado de nuestros seres queridos comienza por el mimo a nosotros mismos.
Cuando nos sintamos unidos a alguien olvidemos de crearnos expectativas de su proceder. Si en verdad nos ama no nos decepcionará, y si no es así, ¡viento! De quien sí debemos esperar es de nosotros: el esfuerzo por mejorarnos repercutirá en la calidad de nuestras relaciones auténticas, aquellas que nos van a llenar de verdad. Si a nuestro lado se quiere instalar un león debemos plantarnos: “O te comportas como una persona o te vas a vivir a la selva…”. Si en nuestro camino nos cruzamos con un perro y nos interesa acogerlo, antes debemos invitarlo a despertar: “Me encanta tu bondad, pero no voy a poder aceptarla si me la entregas sin más… Si vas a quererme yo te corresponderé, pero recuerda que debes empezar amándote a ti mismo y, por favor te lo pido, no me entregues tu corazón incondicionalmente”.


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