31 mar. 2016

Hacer el amor... Fragmentos literarios

FRAGMENTOS LITERARIOS... HACER EL AMOR... DE LA NOVELA "A LA LUNA, A TI, MI CIELO Y A MIS QUERIDAS ESTRELLAS"


Anoche estábamos tú y yo en la playa. Sentados en la arena nos envolvía aquel silencio que todo lo calla pero que en su paseo todo lo dice. Las olas venían a visitarnos y regresaban raudas, emocionadas, para contarle al mar que en su viaje hallaron una muy hermosa imagen. Tus dedos resbalaban entre los míos y juntos buscaban una reconciliación del tacto con la suavidad de las pieles que se aman. Mis ojos miraban el cielo y en cada estrella redescubrían el esplendor de nuestro amor. Mi vista corría por la oscuridad y en un viaje reposado localizó tu sonrisa en aquellas formas que una redondeada luna suele regalar muy de vez en cuando. Y la reina de la noche parecía feliz, mostrando una luz especial para podernos iluminar mejor, aunque en verdad quizás éramos nosotros los que la alumbrábamos a ella con el resplandor de nuestra ilusión. Los dos permanecíamos callados porque sabíamos con certeza que nuestros pensamientos volaban subidos en la misma nube, bañándose en aquellas palabras de algodón que suelen mimarse mientras se acarician. Tus pies se habían hundido en aquel playero arenal que debía sostenerlos y bajo tierra caminaban buscando los míos para invitarlos, con movimientos espontáneos, nada calculados pero sabiamente concebidos, a jugar a un cosquillear itinerante que debía sumarse a la sublime unión que nuestros seres estaban proyectando. Y pasó lo que tenía que pasar: sin haberse avisado y con una perfecta simultaneidad en el giro nuestras cabezas se volvieron y nuestras miradas se reencontraron. Y tu rostro se iluminó otra vez, ¡qué maravilla!, y en tu dulce mirar percibí que toda tú eras mía y me sentí inmensamente feliz. Y mis manos soltaron las tuyas, el adorado sustento de sus anhelos, para buscar aquella rojiza cascada que en tus cabellos se inspiraba y nadar con pausada suavidad entre tu pelo, mientras empujaban tu cara hacia la mía para poder rubricar con un beso aquel inolvidable momento... Y sucedió. Por primera vez pude besarte. Mis labios encontraron los tuyos y se presentaron con aquella timidez que cubre a los besos inocentes, aquellos besos que en la inseguridad de su primera vez suelen retirarse repetidamente para certificar en los ojos de la amada ese amor presuntamente correspondido. Y mis dedos seguían acariciando tu pelo pero ahora buscaban escaparse para deleitarse con la tanto tiempo anhelada sedosa tersura de tu cara. Y entonces mi boca recordó tantas palabras que nunca pudo decirte y en un tenue fregar de la piel de tu rostro buscó tus mejillas, encontró tus ojos y paseó por tu nariz para susurrar en su besar lo que tanto tiempo guardó. Fue un “te quiero” silencioso, fue un “te amo” explicado en el humedecer de unos labios sedientos del mágico cáliz que sólo en la amada hallamos. Y en su emocionada travesía mi boca reencontró la tuya y entonces sí, entonces se inició aquel deseado beso que olvida pasado y futuro, el beso que borra todo lo que nos rodea y pospone la pasión para arrullarnos con la más dulce canción jamás soñada, el dueto de dos corazones que se declaran su amor. Y como el agua marina que en el oleaje descubre la arena y regresa, y regresa, nuestras bocas se descubrieron y eternizaron su sorpresa en la emoción de dos cuerpos que se fundieron en un abrazo que en su apretar clamaba la posesión mutua que sentíamos.
Un larguísimo momento pasó hasta que el tormento de no saberte mía pudo calmar su ansiedad en el enlace de unos labios y en el enganche de nuestros seres. Luego, con el sosiego que da la seguridad de la tenencia, tus manos o las mías se despegaron y mi boca o la tuya empezaron a buscar otros descansos. Y con el nacimiento del deseo nuestras apasionadas almas declararon abierto el combate que nuestros sentidos debían mantener para demostrar que la búsqueda del placer del ser querido es la forma más preciosa y efectiva de hallar el propio. Y mis dedos comenzaron su ronda, iniciaron un galante baile por los surcos de tu piel y en la tensión que de tu excitación se desprendía mi felicidad redescubría la fogosidad del querer. De mi mente brotaban bellas palabras, frases que murmuraba allá donde mis sensaciones me llevaban y que traducían tu belleza, reafirmaban mi amor y prometían mil sueños. En mis oídos sonaba tu respirar y tu suspirar reposaba la constatación de tu total entrega. Y sentí como me embriagaba: una exquisita mezcla de olores se desprendía de ti y me envolvía con un manto etéreo aliñado con tu esencia, acicalado con tu perfume y aderezado con tu sudoroso deseo. Y en mi tarea de conocerte y poseerte no hubo un solo espacio, un solo punto, una sola célula periférica de tu cuerpo que no fuera visitado, sentido, saludado, acariciado y amado. Hacía rato que te sentía ya perfectamente mía y sabía que en tu percepción yo era también espléndidamente tuyo. Porque tus dedos habían comenzado también su ronda, habían iniciado su galante baile por los surcos de mi piel y en la tensión que de mi excitación se desprendía tu felicidad redescubría la fogosidad del querer. De tu mente brotaron bellas palabras, frases que murmuraste allá donde tus sensaciones te llevaron y que tradujeron mi belleza, reafirmaron tu amor y prometieron mil sueños. En tus oídos sonó mi respirar y mi suspirar reposó la constatación de mi total entrega. Y sentiste como te embriagabas: una exquisita mezcla de olores se desprendió de mí y te envolvió con un manto etéreo aliñado con mi esencia, acicalado con mi colonia y aderezado con mi sudoroso deseo. Y en tu tarea de conocerme y poseerme no hubo un solo espacio, un solo punto, una sola célula periférica de mi cuerpo que no fuera visitado, sentido, saludado, acariciado y amado. Y hacía rato también que me sentías ya perfectamente tuyo y sabías que en mi percepción tú eras espléndidamente mía.
Muchas veces suele ocurrir que lo que sucede pasa sin que en las intenciones se programe su paso. Sin prisas, sin egoístas pretextos, dos cuerpos deseaban descubrirse y en un camino donde las pieles proyectaban rozarse los envoltorios fueron cayendo en la arena sin casi darse cuenta. Y en la desnudez pudimos concertar todas aquellas citas que nuestros sentires anhelaban. Y luego sucedió. Nuestros cuerpos, nuestros sentidos, nuestros corazones y nuestras almas dieron la esperada orden que debía abrir la puerta de la comunión absoluta. Y todas aquellas maravillosas sensaciones que en las antesalas del sublime placer experimentamos nos condujeron inevitablemente a compartir el hueco donde todos los sentidos encuentran su gloria en un fregado vaivén que en el amor descubre el supremo éxtasis. Entré en tu ser y al hacerlo supe que me había clavado en tu vida para siempre, y al hacerlo tú supiste que te grababas en mi existencia para toda la eternidad. Y con el paso de los besos, con el trabajo de las caricias y los avisos de los suspiros, con los cuchicheos de los “te amo” y el sisear de muchos “vida mía” nuestro apoteósico paseo por el palacio de los amantes entregados nos condujo al unísono, a través del clímax donde la pasión levanta su reino, al trono donde las exclamaciones se abrazan y la felicidad esconde sus penas en un grito triunfante. Por unos instantes, te lo juro, me sentí el rey del universo, el hombre más feliz de la Tierra. Y tú fuiste mi reina, la diosa poderosa que supo entregar su cuerpo y su espíritu en una ceremonia donde los sentimientos y los pensamientos coronaron al corazón como jefe supremo de toda razón de existir.


Por primera vez pude tenerte, pude sentir lo que en el respeto quise guardarme sólo para mí. Pero quizás no supe. O quizás no pude. ¿O quizá sí?




Y sucedió. Y aunque sólo fuera un sueño te juro que fue tan real y glorioso que el despertar del nuevo día que truncó mi dormir no pudo robarme la sensación que aquella había sido, seguramente, la noche más feliz de todas. Y cuando salí a la calle, aquella mañana, miré de reojo al sol y me pareció descubrir en este una muestra de rabia por lo que se había perdido, un atisbo de envidia por lo que no había vivido. Porque anoche, mi amor, estuvimos tú y yo en la playa...

FRAGMENTOS LITERARIOS... HACER EL AMOR... DE LA NOVELA "A LA LUNA, A TI, MI CIELO Y A MIS QUERIDAS ESTRELLAS" de Miquel Beltran i Carreté

1 comentario:

  1. muy bonito!! palabras que llenan el alma.. y describen al acto mas bonito entre dos personas que se aman..

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